El incremento de las denuncias se registró en un año; en las comisarías bonaerenses se presentan cuatro casos por día.
LA PLATA.- Cuatro nuevos casos de abuso sexual de menores son denunciados cada día en la provincia de Buenos Aires.
La estadística corresponde a los casos presentados en las comisarías de la policía provincial dedicadas específicamente a esa problemática. Esto sólo revela una parte del problema: la mayoría de los casos no se denuncian y los especialistas dicen que la realidad de los chicos que padecen abuso aún es socialmente invisible.
Según las estadísticas oficiales, entre enero y septiembre de 2007 las comisarías de la mujer y la familia, dependientes del Ministerio de Seguridad bonaerense, recibieron 1016 denuncias de abuso de menores; es decir, casi cuatro por día. Dicha cantidad representa 49% más que los casos registrados en los primeros nueve meses de 2006, cuando se denunciaron 682 hechos.
María Elena Leuzzi, presidenta de la Asociación de Ayuda a Víctimas de Violación (Avivi), reveló que últimamente hubo un aumento notable de casos en la zona oeste del Gran Buenos Aires. En el partido de José C. Paz, por ejemplo, nueve personas fueron detenidas hace tres meses, luego de que una niña de trece años denunciara haber sido violada por sus propios padres, tíos y abuelos, y obligada a participar de fiestas sexuales a lo largo de varios años.
También de la zona oeste son oriundas Delia y Patricia, las dos chicas que contaron a LA NACION la trama de abusos a que su propio padre las sometió durante años (ver aparte).
La Matanza es el distrito en el que registraron más casos, con 479; Malvinas Argentinas, en la zona oeste, es el segundo partido bonaerense en cantidad de denuncias de abuso de menores, con 241 casos, y en tercer lugar se ubicó Almirante Brown, con 204 denuncias.
Para la especialista Analía Vega, capacitadora de la Dirección General de Coordinación de Políticas de Género del Ministerio de Seguridad bonaerense, la explicación del aumento no está en que haya más casos, sino en que ahora se denuncian más. "No es que haya aumentado el abuso sexual, sino que se habla más del tema; hay más medios o más instituciones adonde la gente puede acudir", dijo a LA NACION.
De todas maneras, dijo la funcionaria, "en la actualidad sigue siendo una problemática «tapada», que no se ve, y todavía son más los casos no denunciados. Los investigadores la comparan con un iceberg, del que lo que se ve es sólo una parte del fenómeno".
El abusador, en casa
Al panorama puesto al descubierto por las estadísticas se suma la realidad a la que se enfrentan los profesionales que deben asistir a los menores: la mayoría de los casos de abuso sexual, especialmente los que tienen como víctima a niños y niñas, ocurren dentro del hogar, y los victimarios suelen ser los padres, padrastros, abuelos o tíos.
En La Plata y sus alrededores, donde en tres meses -entre agosto y octubre del año último- hubo 102 denuncias de abuso sexual de menores de trece años, el 80% corresponden a casos de abuso intrafamiliar.
Ante estas evidencias, Vega cree que hace falta "derribar el mito de que el peligro está afuera", ya que si bien hay casos de menores violados por desconocidos que los sorprenden en la vía pública, por ejemplo, la mayoría de los casos son intrafamiliares.
¿Es un problema relacionado con la marginalidad? "Es otro mito", dijo Vega. "En las clases altas, la violencia familiar se oculta de otra manera y por eso parece que ahí no existe, pero no es verdad. Cuando hay dinero, es posible ocultar mucho más, tanto el abuso como los golpes y agresiones."
"A veces, los casos más aberrantes son los que suceden en familias de clase media alta", apuntó la teniente primera Laura Paiva, titular del gabinete de delitos contra la integridad sexual de la jefatura de policía platense.
"En la clase baja, el abuso es casi un producto del hacinamiento y la promiscuidad. En las familias más pudientes existe todo un artificio del abuso; aparecen cuestiones como el sexo grupal o el suministro de drogas y alcohol. Incluso ha habido gente que adoptaba chicos para abusar de ellos", agregó Paiva.
El Ministerio de Seguridad bonaerense cuenta con 24 comisarías de la mujer y la familia, dedicadas específicamente a la problemática de la violencia familiar, pero todas las seccionales policiales están obligadas a tomar denuncias por abuso sexual, que también pueden radicarse en sede judicial.
Por Sebastián Lalaurette De la Corresponsalía La Plata
Datos del horror
Entre enero y septiembre de 2007, 1016 casos de abuso de menores fueron denunciados en comisarías de la mujer y la familia de la provincia de Buenos Aires.
La cantidad representa el 49% más que la registrada en los mismos meses de 2006, cuando se denunciaron 682 casos de abuso sexual a menores en la provincia.
Siete de cada diez casos de abuso sexual denunciados en estas sedes policiales específicas tienen como víctima a un menor de edad.
De cada tres denuncias de abuso sexual recibidas el año último, una corresponde a un caso de abuso intrafamiliar, es decir, un hecho en que el victimario es pariente, amigo o vecino de la víctima.
Las cifras revelan que cada día se denuncian en la provincia casi cuatro abusos sexuales que tienen como víctima a un menor, la mayoría ocurridos dentro del hogar. El año anterior se denunciaban cerca de cinco abusos cada dos días.
Todas estas cifras no incluyen las denuncias realizadas por otras vías, como las presentadas en sede judicial. La Asociación de Ayuda a Víctimas de Violación (Avivi) recibió el año pasado más de 2600 denuncias de abuso sexual, y cerca de la mitad corresponden a víctimas menores de doce años. En cuatro de cada cinco de estos casos se señala a un pariente o conocido del niño como agresor.
Los distritos con más casos denunciados en 2007 son La Matanza (479 denuncias), Malvinas Argentinas (241 casos) y Almirante Brown (204 abusos informados), todos en el conurbano bonaerense.
http://www.lanacion.com.ar/informaciongeneral/nota.asp?nota_id=990034
LA NACION 24.02.2008 Página 21 Información general
“Denunciar el mundo"
"Ante tanta crueldad con víctimas sin poder de autorepresentación y que se desarrollan en estado de indefensión, trabajar por y con ellas significa denunciar el mundo” (Eduardo Bustelo Graffigna )
ANTES QUE ACABE EL DÍA, RECUERDA:
Que más de 30.000 niños morirán
Que los que se salven hoy, morirán mañana pues no tienen fuerza siquiera para abrir sus ojitos
Que millones gimen de dolor lesionados y quemados por la guerra
Que se les niega hasta la medicina básica para calmar su dolor
Que son violados, ultrajados, mutilados sistemáticamente
ANTES QUE ACABE EL DÍA, RECUERDA:
Que más de 30.000 niños morirán
Que los que se salven hoy, morirán mañana pues no tienen fuerza siquiera para abrir sus ojitos
Que millones gimen de dolor lesionados y quemados por la guerra
Que se les niega hasta la medicina básica para calmar su dolor
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lunes, 25 de febrero de 2008
jueves, 17 de enero de 2008
Cada cinco minutos una niña da a luz en nuestro país

Tres de cada diez adolescentes encuestados en la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y Rosario todavía creen que las mujeres no pueden quedar embarazadas en su primera relación. La mayoría tuvo en la escuela alguna charla sobre salud sexual y reproductiva, generalmente a cargo de la profesora de Biología o de algún laboratorio, y en este último caso dirigida particularmente a las mujeres. Mientras tanto, la tasa de fecundidad adolescente sube en el país desde 2003, cuando se quebró la tendencia descendente de los últimos 25 años. En 2005 –la última medición oficial–, 64 chicas de cada mil de entre 15 y 19 años fueron madres. O dicho de otra forma: cada cinco minutos una adolescente dio a luz.Las estadísticas del Ministerio de Salud muestran que en 2005 nacieron 104.410 bebés de mamás de 15 a 19 años y 2699 de menores de 15 en todo el país. El total de nacimientos fue de 712.220, una cifra que se mantiene más o menos estable desde hace años. Es decir, el 15,2 % correspondió a madres menores de 20 años. Hay grandes diferencias entre provincias: las tasas más altas de fecundidad adolescente corresponden a Chaco, Formosa y Misiones, donde se supera ampliamente el promedio nacional. La más baja, muy por debajo de la media del país, se registra en la ciudad de Buenos Aires.
NúmerosPara analizar la magnitud del fenómeno a nivel internacional se toma en cuenta la tasa de fecundidad de las chicas de 15 a 19 años, esto es la cantidad que se convierte en madre por cada 1000 de ellas –se presume que los embarazos más precoces, de 14 años para abajo, están asociados a situaciones de abuso sexual–. La investigadora Edith Pantelides, del Centro de Estudios en Población (Cenep), abordó desde hace años el tema y viene siguiendo la evolución de las cifras en el país. “Desde 1980, cuando se registraron 78,3 chicas de 15 a 19 años que tuvieron un hijo, la tasa de fecundidad adolescente venía bajando, pero en 2004 se rompió esa tendencia: de 56,4 en 2003 trepó en un año a 62,8 por cada 1000. Y en 2005 otra vez aumentó, aunque levemente”, señaló a Página/12. El último registro dado a conocer oficialmente indica que por cada 1000 adolescentes de 15 a 19 años, dieron a luz 63,7, más del doble de la tasa promedio del quinquenio 2000 y 2005 de los países desarrollados que fue de 27 por cada 1000; e incluso superior al promedio en ese período de los países menos desarrollados, de 53,4 por cada 1000, de acuerdo con los cálculos que lleva Pantelides. La media en el mundo es de 49,7 adolescentes madres por cada 1000.
De paso por Buenos Aires, el chileno Ramiro Molina Cartes, presidente de la Federación Internacional de Ginecología Pediátrica y de la Adolescencia, aportó a algunos datos más: la tasa de fecundidad adolescente en Suiza es de 7 por 1000, en Francia de 9 por 1000 y en Alemania de 11 por 1000. En Chile, 44 dan a luz por cada 1000 chicas de 15 a 19 años.De todas formas, todas estas cifras –incluidas las de la Argentina– no captan las gestaciones tempranas que terminan en abortos, una cara oculta del embarazo adolescente. Para tener apenas una idea de esta cifra negra vale recordar que en el país “entre 1995 y 2000 aumentaron un 40 % las internaciones de adolescentes por complicaciones de abortos”, precisó Alicia Gutiérrez, tocoginecóloga de guardia del Hospital Durand y coordinadora del Comité de Desarrollo del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam). Fue la última medición oficial de los egresos hospitalarios.
OportunidadesEl embarazo adolescente es un problema complejo. No se conocen aún investigaciones que respondan por qué se quebró la tendencia descendente de la tasa de fecundidad que se observaba en el país desde 1980. Se sabe, sí –y esto ha surgido en estudios recientes– que especialmente en los sectores más pobres, la gestación temprana, aunque no sea planificada, puede esconder un deseo oculto de una joven, que puede ver la maternidad como proyecto de vida ante la ausencia de otros horizontes. No siempre está en juego el desconocimiento para evitar el embarazo o la imposibilidad de acceso a los métodos anticonceptivos. “Las condiciones materiales de vida que la sociedad les ofrece a estas chicas y el medio familiar en el que se socializaron forman parte de la construcción de su subjetividad, y eso implica que muchas de ellas no se planteen otra manera de realización personal que las de ser madres”, advirtió Gabriela Perrota, investigadora del Programa Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, al comentar los resultados de un estudio que realizó entre adolescentes de la Villa 20 del barrio porteño de Lugano y presentó en la última semana en las Séptimas Jornadas de Salud y Población Instituto Gino Germani de la UBA. “Es válido que una adolescente quiera embarazarse, pero hay que preguntarse entre qué cosas elige. El Estado debería garantizar igualdad de oportunidades para todas las adolescentes”, acotó Gutiérrez.
Para ello, acuerdan los especialistas, es básico garantizar el acceso y la permanencia en la escuela. “Para prevenir el embarazo adolescente, en primer lugar se necesita que chicas y chicos tengan educación formal y que sea de calidad. En la medida en que se tiene mejor educación, se obtiene un retroceso en la edad de iniciación sexual y lo mismo se observa en la medida en que los padres de estos jóvenes también tienen mejor educación. Pero también se necesita que tengan educación sexual y acceso a anticonceptivos”, consideró Molina Cartes, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Chile, a cargo, además, del Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral de la Adolescencia, ubicado en el campus universitario en la ciudad de Santiago.Molina Cartes reveló que hay 29 programas de educación sexual evaluados científicamente en el mundo y esos testeos demuestran que ese tipo de iniciativas retrasa la edad de la primera relación en más de 12 meses.
“Con educación sexual no se logra la abstinencia, ni tampoco se promueven la promiscuidad y la actividad sexual temprana. Sí se consigue un impacto en la fecundidad adolescente, se la protege. El efecto más importante es que mejora la calidad de vida del joven al permitirle desarrollar su vida sexual sin riesgos y sin miedos, de manera normal”, destacó el experto chileno.
La Encuesta Nacional de Nutrición y Salud –cuyos resultados se dieron a conocer este año– encontró que el 44 % de las adolescentes entre 15 y 19 años ya había debutado sexualmente. Un 20 % de las chicas sexualmente activas admitió no usar ningún método anticonceptivo.
AvancesEn materia legislativa, la Argentina ha dado grandes pasos en los últimos años para abordar el problema. En 2002 se sancionó la ley que creó el programa de Salud Nacional de Sexual y Reproductiva –que está en marcha desde 2003– y estableció el derecho de los adolescentes a acceder a servicios de procreación responsable sin necesidad de la compañía de un mayor: se les debe dar información y también anticonceptivos. Sin embargo, “la oferta de servicios para adolescentes es escasa, salvo algunos hospitales como el Argerich, que tiene un servicio amigable para los jóvenes, donde no tienen que pedir turno”, indicó Gutiérrez del Celsam.
Hay otro factor que obstaculiza la llegada de jóvenes a un consultorio de salud reproductiva: “Los chicos se sienten intimidados de ir a consultar a un hospital, y tienen temor de que se les vaya a contar a sus padres que tienen relaciones sexuales. En todo el mundo, para captarlos, se apunta a crear centros de atención primaria para ellos”, agregó Gutiérrez. Y recordó que durante el gobierno de Carlos Menem se anunció el Programa de Atención Integral de Salud Adolescente, una iniciativa que precisamente planteaba la apertura de centros comunitarios y barriales para jóvenes, articulados con las escuelas: “Pero el plan, lamentablemente nunca se implementó”.
Ya que los adolescentes no concurren fluidamente a los hospitales, en el Alvarez, del barrio porteño de Flores, han resuelto salir a buscarlos con una estrategia copiada de una experiencia mexicana: a través de los empleados de farmacias, adonde los y las jóvenes van a comprar preservativos u otros anticonceptivos. El proyecto se pondrá en marcha próximamente y consiste en capacitar a los empleados de las farmacias del área de influencia del Alvarez como “agentes multiplicadores de salud” para que den un primer asesoramiento a los adolescentes en salud sexual y reproductiva, y los deriven a un centro de salud de la zona .
Preservativos, ¿para qué?El otro gran avance legislativo que se dio en el tema ha sido la aprobación de la Ley Nacional de Educación Sexual. En el Ministerio de Educación están trabajando en la elaboración de los contenidos mínimos. La ciudad de Buenos Aires también sancionó el último año una normativa similar, que se está poniendo en marcha en las aulas. El problema, advierte Gutiérrez, es que “para ver resultados en salud pública una política necesita cinco años”.
Algunos estudiosos del tema ya plantean que la educación sexual en las aulas no es suficiente para ayudar a los adolescentes a protegerse de algunos de los riesgos potenciales de la actividad sexual. “La Organización Mundial de la Salud promueve el modelo de consejería orientada a los jóvenes. Lo ideal es que un profesional la brinde en las escuelas. El concepto es que haya un ámbito donde los alumnos puedan plantear sus dudas cotidianas, lo que les pasó el fin de semana. En una clase de educación sexual los chicos ven la sexualidad como algo ajeno, lejano”, señaló la socióloga Marcela Aszkenazi, especialista en Estudios de Género e integrante del Programa de Adolescencia del Hospital de Clínicas. Con una beca del Ministerio de Salud está haciendo consejería en una escuela técnica del barrio Fuerte Apache, partido de Tres de Febrero, adonde concurre una vez por semana. “Las charlas con los alumnos se orientan con las inquietudes del grupo”, explicó. Aszkenazi llegó a ese proyecto luego de indagar entre medio millar de adolescentes de 12 a 19 años del partido de Tres de Febrero, la ciudad de Buenos Aires y Rosario, sobre los conocimientos, las creencias y sus prácticas respecto de su salud sexual y reproductiva.
Entre los hallazgos más significativos del estudio, financiado por la Comisión Nacional de Programas de Investigación Sanitaria (Conapris), se destacan los siguientes:- El nivel de conocimiento acerca del aparato reproductor es relativamente bajo en todos los entrevistados, aunque los que menos saben resultaron ser los de Rosario. Del mismo modo, fueron los rosarinos los que demostraron menor información sobre las enfermedades de transmisión sexual.
- Una gran mayoría se cuidó en su primera relación sexual y casi todos con preservativos.
- Pero alrededor del 30 % de todos los jóvenes cree que una mujer no puede quedar embarazada en su primera relación sexual.
- Si bien más del 70 % de los jóvenes cree que debe usar preservativos aunque la pareja sea conocida (compañeros de escuela, amigos) y tome pastillas anticonceptivas, muchos respondieron que depende de cuánto hace que se conocen.
- La mayoría había recibido en la escuela información sobre salud sexual y reproductiva: ETS y métodos anticonceptivos. En general habían sido clases dictadas por el profesor o la profesora de Biología o una charla dada por un laboratorio y, en este último caso, dirigida particularmente a las mujeres.
NúmerosPara analizar la magnitud del fenómeno a nivel internacional se toma en cuenta la tasa de fecundidad de las chicas de 15 a 19 años, esto es la cantidad que se convierte en madre por cada 1000 de ellas –se presume que los embarazos más precoces, de 14 años para abajo, están asociados a situaciones de abuso sexual–. La investigadora Edith Pantelides, del Centro de Estudios en Población (Cenep), abordó desde hace años el tema y viene siguiendo la evolución de las cifras en el país. “Desde 1980, cuando se registraron 78,3 chicas de 15 a 19 años que tuvieron un hijo, la tasa de fecundidad adolescente venía bajando, pero en 2004 se rompió esa tendencia: de 56,4 en 2003 trepó en un año a 62,8 por cada 1000. Y en 2005 otra vez aumentó, aunque levemente”, señaló a Página/12. El último registro dado a conocer oficialmente indica que por cada 1000 adolescentes de 15 a 19 años, dieron a luz 63,7, más del doble de la tasa promedio del quinquenio 2000 y 2005 de los países desarrollados que fue de 27 por cada 1000; e incluso superior al promedio en ese período de los países menos desarrollados, de 53,4 por cada 1000, de acuerdo con los cálculos que lleva Pantelides. La media en el mundo es de 49,7 adolescentes madres por cada 1000.
De paso por Buenos Aires, el chileno Ramiro Molina Cartes, presidente de la Federación Internacional de Ginecología Pediátrica y de la Adolescencia, aportó a algunos datos más: la tasa de fecundidad adolescente en Suiza es de 7 por 1000, en Francia de 9 por 1000 y en Alemania de 11 por 1000. En Chile, 44 dan a luz por cada 1000 chicas de 15 a 19 años.De todas formas, todas estas cifras –incluidas las de la Argentina– no captan las gestaciones tempranas que terminan en abortos, una cara oculta del embarazo adolescente. Para tener apenas una idea de esta cifra negra vale recordar que en el país “entre 1995 y 2000 aumentaron un 40 % las internaciones de adolescentes por complicaciones de abortos”, precisó Alicia Gutiérrez, tocoginecóloga de guardia del Hospital Durand y coordinadora del Comité de Desarrollo del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam). Fue la última medición oficial de los egresos hospitalarios.
OportunidadesEl embarazo adolescente es un problema complejo. No se conocen aún investigaciones que respondan por qué se quebró la tendencia descendente de la tasa de fecundidad que se observaba en el país desde 1980. Se sabe, sí –y esto ha surgido en estudios recientes– que especialmente en los sectores más pobres, la gestación temprana, aunque no sea planificada, puede esconder un deseo oculto de una joven, que puede ver la maternidad como proyecto de vida ante la ausencia de otros horizontes. No siempre está en juego el desconocimiento para evitar el embarazo o la imposibilidad de acceso a los métodos anticonceptivos. “Las condiciones materiales de vida que la sociedad les ofrece a estas chicas y el medio familiar en el que se socializaron forman parte de la construcción de su subjetividad, y eso implica que muchas de ellas no se planteen otra manera de realización personal que las de ser madres”, advirtió Gabriela Perrota, investigadora del Programa Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, al comentar los resultados de un estudio que realizó entre adolescentes de la Villa 20 del barrio porteño de Lugano y presentó en la última semana en las Séptimas Jornadas de Salud y Población Instituto Gino Germani de la UBA. “Es válido que una adolescente quiera embarazarse, pero hay que preguntarse entre qué cosas elige. El Estado debería garantizar igualdad de oportunidades para todas las adolescentes”, acotó Gutiérrez.
Para ello, acuerdan los especialistas, es básico garantizar el acceso y la permanencia en la escuela. “Para prevenir el embarazo adolescente, en primer lugar se necesita que chicas y chicos tengan educación formal y que sea de calidad. En la medida en que se tiene mejor educación, se obtiene un retroceso en la edad de iniciación sexual y lo mismo se observa en la medida en que los padres de estos jóvenes también tienen mejor educación. Pero también se necesita que tengan educación sexual y acceso a anticonceptivos”, consideró Molina Cartes, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Chile, a cargo, además, del Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral de la Adolescencia, ubicado en el campus universitario en la ciudad de Santiago.Molina Cartes reveló que hay 29 programas de educación sexual evaluados científicamente en el mundo y esos testeos demuestran que ese tipo de iniciativas retrasa la edad de la primera relación en más de 12 meses.
“Con educación sexual no se logra la abstinencia, ni tampoco se promueven la promiscuidad y la actividad sexual temprana. Sí se consigue un impacto en la fecundidad adolescente, se la protege. El efecto más importante es que mejora la calidad de vida del joven al permitirle desarrollar su vida sexual sin riesgos y sin miedos, de manera normal”, destacó el experto chileno.
La Encuesta Nacional de Nutrición y Salud –cuyos resultados se dieron a conocer este año– encontró que el 44 % de las adolescentes entre 15 y 19 años ya había debutado sexualmente. Un 20 % de las chicas sexualmente activas admitió no usar ningún método anticonceptivo.
AvancesEn materia legislativa, la Argentina ha dado grandes pasos en los últimos años para abordar el problema. En 2002 se sancionó la ley que creó el programa de Salud Nacional de Sexual y Reproductiva –que está en marcha desde 2003– y estableció el derecho de los adolescentes a acceder a servicios de procreación responsable sin necesidad de la compañía de un mayor: se les debe dar información y también anticonceptivos. Sin embargo, “la oferta de servicios para adolescentes es escasa, salvo algunos hospitales como el Argerich, que tiene un servicio amigable para los jóvenes, donde no tienen que pedir turno”, indicó Gutiérrez del Celsam.
Hay otro factor que obstaculiza la llegada de jóvenes a un consultorio de salud reproductiva: “Los chicos se sienten intimidados de ir a consultar a un hospital, y tienen temor de que se les vaya a contar a sus padres que tienen relaciones sexuales. En todo el mundo, para captarlos, se apunta a crear centros de atención primaria para ellos”, agregó Gutiérrez. Y recordó que durante el gobierno de Carlos Menem se anunció el Programa de Atención Integral de Salud Adolescente, una iniciativa que precisamente planteaba la apertura de centros comunitarios y barriales para jóvenes, articulados con las escuelas: “Pero el plan, lamentablemente nunca se implementó”.
Ya que los adolescentes no concurren fluidamente a los hospitales, en el Alvarez, del barrio porteño de Flores, han resuelto salir a buscarlos con una estrategia copiada de una experiencia mexicana: a través de los empleados de farmacias, adonde los y las jóvenes van a comprar preservativos u otros anticonceptivos. El proyecto se pondrá en marcha próximamente y consiste en capacitar a los empleados de las farmacias del área de influencia del Alvarez como “agentes multiplicadores de salud” para que den un primer asesoramiento a los adolescentes en salud sexual y reproductiva, y los deriven a un centro de salud de la zona .
Preservativos, ¿para qué?El otro gran avance legislativo que se dio en el tema ha sido la aprobación de la Ley Nacional de Educación Sexual. En el Ministerio de Educación están trabajando en la elaboración de los contenidos mínimos. La ciudad de Buenos Aires también sancionó el último año una normativa similar, que se está poniendo en marcha en las aulas. El problema, advierte Gutiérrez, es que “para ver resultados en salud pública una política necesita cinco años”.
Algunos estudiosos del tema ya plantean que la educación sexual en las aulas no es suficiente para ayudar a los adolescentes a protegerse de algunos de los riesgos potenciales de la actividad sexual. “La Organización Mundial de la Salud promueve el modelo de consejería orientada a los jóvenes. Lo ideal es que un profesional la brinde en las escuelas. El concepto es que haya un ámbito donde los alumnos puedan plantear sus dudas cotidianas, lo que les pasó el fin de semana. En una clase de educación sexual los chicos ven la sexualidad como algo ajeno, lejano”, señaló la socióloga Marcela Aszkenazi, especialista en Estudios de Género e integrante del Programa de Adolescencia del Hospital de Clínicas. Con una beca del Ministerio de Salud está haciendo consejería en una escuela técnica del barrio Fuerte Apache, partido de Tres de Febrero, adonde concurre una vez por semana. “Las charlas con los alumnos se orientan con las inquietudes del grupo”, explicó. Aszkenazi llegó a ese proyecto luego de indagar entre medio millar de adolescentes de 12 a 19 años del partido de Tres de Febrero, la ciudad de Buenos Aires y Rosario, sobre los conocimientos, las creencias y sus prácticas respecto de su salud sexual y reproductiva.
Entre los hallazgos más significativos del estudio, financiado por la Comisión Nacional de Programas de Investigación Sanitaria (Conapris), se destacan los siguientes:- El nivel de conocimiento acerca del aparato reproductor es relativamente bajo en todos los entrevistados, aunque los que menos saben resultaron ser los de Rosario. Del mismo modo, fueron los rosarinos los que demostraron menor información sobre las enfermedades de transmisión sexual.
- Una gran mayoría se cuidó en su primera relación sexual y casi todos con preservativos.
- Pero alrededor del 30 % de todos los jóvenes cree que una mujer no puede quedar embarazada en su primera relación sexual.
- Si bien más del 70 % de los jóvenes cree que debe usar preservativos aunque la pareja sea conocida (compañeros de escuela, amigos) y tome pastillas anticonceptivas, muchos respondieron que depende de cuánto hace que se conocen.
- La mayoría había recibido en la escuela información sobre salud sexual y reproductiva: ETS y métodos anticonceptivos. En general habían sido clases dictadas por el profesor o la profesora de Biología o una charla dada por un laboratorio y, en este último caso, dirigida particularmente a las mujeres.
Fuente: Boletín Argentino
Violencia sexual contra niños y niñas en las organizaciones familiares
Las violencias contra los chicos, ahora establecidas como parte de la cotidianidad sin argumentos salvadores, nos hablan de quiénes somos.
Cada época y cada tiempo propone y realiza sus propias modalidades históricas: contamos con las caracterizaciones de las diversas épocas según sea su arte, su ciencia, su economía y sus avatares políticos. De lo cual resulta el modo de producción de lo simbólico y los distintos modos de subjetivación que se construyen en cada época.O sea, por una parte las modalidades históricas y por otro, el carácter simbólico que define al sujeto. Ambas enlazadas.¿Qué encontramos como simbólica estructural y estructurante en el principio de la vida? La familia en tanto soporte de la criatura que nace desvalida.El modo de producción de lo simbólico en las familias actuales, cuando se trata de hijos niños y niñas actualiza y perfecciona la capacidad destructiva de los adultos, históricamente reconocidas en los textos que se ocupan de la historia de la niñez. Encontramos una concepción del hijo como criatura destinada a la satisfacción del adulto mediatizada hoy por la aparición de nuevas tecnologías que favorecen la aparición de una simbólica brutal (asesinatos de niños en tevé y otras).
La violencia antigua contra los chicos, omito enunciar épocas y países, se apoyaba en un significativo argumento: proteger a la sociedad de seres peligrosos y en paralelo se alentaba una educación que garantizase la disciplina como soporte de la ley y lo moral, tanto en casas de familia cuanto en las instituciones.
Hoy podemos pensar que el maltrato es mero ataque y búsqueda de satisfacción narcisista. No encontramos argumento como lo había antaño para el goce logrado mediante las violencias, jugando la hipótesis de que los chicos merecían, por sus falencias, ser castigados para aprender.
Actualmente estamos mucho peor porque además de gozar maltratándolos sabemos cuánto importan los malos tratos en la subjetivación. Las violencias contra los chicos, ahora establecidas como parte de la cotidianidad sin argumentos salvadores, nos hablan de quiénes somos.
Se ha comenzado a estudiar, mediante hipótesis nuevas, cómo se compaginan las actuales formas de violencia contra los chicos.
Perspectiva clínica hoySe piensa en un tipo de lógica particular que recién comienza a ser aplicada para comprender estas formas de violencia. Es una perspectiva adosada a los actuales criterios de las lógicas de la inhumanidad ilustrada paradigmáticamente por la trata de niñas, los niños y niñas prostituidos, con frecuencia entregados por sus padres.
Los chicos víctimas de violencias sexuales en sus familias quedan posicionados en una interfase horrorosa: entre precisar de sus padres y por otra parte, si se produce la denuncia, enfrentarse con los jueces ante los cuales deben exponer sus narraciones. Entre dos autoridades máximas, entre dos montañas de poder, las criaturas instalan su propio valle de lágrimas y de silencios.
Este es el punto de inflexión entre la víctima y el victimario. Cuando la niña describe los hechos, por una parte se alivia, pero para los adultos, toda confesión asocia culpa. Por eso contar lo sucedido inevitablemente arrastra un pliegue de culpa en el ámbito del derecho de la víctima. Los chicos se tornan sospechosos porque sus palabras se convierten en denuncias que dejan al descubierto que los adultos son miserables, repugnantes y cobardes.
Cada narración de un niño víctima ilumina un modo de ser de sus padres, el que corresponde a la génesis del espanto que los adultos producen por acción u amenaza.
En los incestos los padres recurren al desconcierto de la víctima, gestado por la confianza que ese adulto despertó en la criatura. Se viola, seducción mediante recurriendo a la relación en estado hipnótico en que se sumerge la niña ante el padre y su estupor por lo que le sucede. Ese estado de inermidad es el que fogonea el deseo adulto ante la víctima subordinada.
Los niños elegidos para el maltrato parecerían mostrarse como incapaces de defenderse. Los adultos frente a esa falta de recurso se alteran (“se brotan”) frente a esos niños, o sea en contra de toda lógica convencional que debería promover su protección. No se piensa en psicosis sino reacción ante la pura situación de desvalimiento.
Avanzan contra el chico tratando de absorber la energía vital, una forma de la vampirización creyendo que poseyéndolo chupan la energía que a ellos les falta. Pero es al revés, la criatura lo contagia de su propia desvitalización cuando no logra escapar.
Las víctimas quedan impávidas, paralizadas, sin poder reaccionar. Los asaltantes violadores generan un estado flojedad creciente en niños y niñas, que no logran gritar, destronada su subjetividad. Una entrega pasiva por parte de la criatura intentando quizás aplacar al otro. Como si la violencia eliminase el sistema óseo de la víctima, la columna vertebral como organizadora del soporte corporal (David Maldavsky, 2007). Son adultos que responden al margen de toda lógica convencional, “sacados”, alterados ante la presencia desvalida.
A estos padres que “se sacan” ante la impavidez del hijo o de la hija ¿podremos entenderlos como descerebrados? Por lo menos fracasarían las funciones corticales. Con esa interpretación retrocedemos a un determinismo biologista.
La interpretación judicialTanto el enceguecimiento activo del adulto ante la inermidad de la víctima cuanto el otro modelo que en diversas circunstancias procede con la meditada decisión de violar y corromper, dependen de la curiosidad, la satisfacción por el abuso de poder y la desnudez del cuerpo infantil. En esos meridianos se crea la escena que con reiterada frecuencia omite la perspectiva judicial al desconocer que entre el cuerpo desnudo y la ley existe un juego de ficciones (Mari, E. 2002). Instituye el cuerpo de la niña o el niño como sujeto jurídico y por lo tanto, sujeto anónimo de la ley, ficcional. Las ficciones no son un error, ni falsedad, ni ilusión, ni mentira, “no están concebidas como objetos concretos en un espacio-tiempo real, no tienen relaciones causales con cosas que sí las tienen y son creadas escribiendo cierto tipo de enunciados de acuerdo con un conjunto dado de convenciones”.
Esas convenciones son las que diseñaron los adultos entre sí y para sí, algunas de las cuales sostienen que los niños y las niñas no son creíbles. Y que los padres siempre aman y protegen a sus hijos.Pero no existe una convención concreta entre los derechos de los niños y los jueces, ni se ha gestado un contrato entre ellos acerca de la verosimilitud de lo que los chicos dicen. Un contrato en el cual una parte se comprometa a creer al mismo tiempo que reconoce la verosimilitud de lo que escucha.
Las palabras con las que el niño cuenta lo sucedido, narrativa de verosimilitud obligada y obligatoria, quedarán capturadas en el nivel de las que Vaihinger denominaba “tierra de las ficciones”.
La inclusión del cuerpo victimizado de la criatura en el circuito del derecho merced a las palabras del mismo niño además de los estudios anatomofisiológicos y psicológicos es el que lo transforma en sujeto de derechos, que será interpelado y mediatizado por la palabra y los dibujos del niño o niña que los colegas presenten.
Determinados magistrados se ciñen a un pensamiento que transforma en error o mentira la palabra de los niños que merced a sus presencia en los juzgados quedan entrampados en una situación ficcional que los aleja de la realidad que han vivido.
Es la inclusión del cuerpo desnudo del niño en el discurso jurídico lo que crea la ficción, inevitable porque es preciso escuchar a la víctima y preguntarle, pero el procedimiento no debería transformar en falsedad la narrativa del niño; solamente lo inscribe en una dimensión ficcional del discurso jurídico que se utiliza a veces como duda y aun certezas respecto de la verosimilitud del relato.
Verosímil no es lo que sucedió, sino el modo de narrarlo por parte de la víctima. La confusión entre categorías conduce a que se torne falso aquello que dice esa criatura a la cual la práctica jurídica convirtió en sujeto ficcional. Su descripción proviene de un niño que por el solo hecho de estar declarando ante un juez es un sujeto de la ficción jurídica. Lo cual pertenece a otra categoría respecto de la verosimilitud de su relato y en relación con lo que padeció.
Lo que le hicieron está inscripto en el cuerpo de la criatura, en su anatomía y en las que fueron sus reacciones iniciales en el momento de la violencia, algunas ahora inexistentes como huella corporal pero bordadas en cada sensación mentalmente preservada.
La verosimilitud de lo que el niño cuenta puede resultar atropellada por la búsqueda de “la verdad”, sin categorizar las diferencias entre lo ficcional del Derecho, lo verosímil de la narración de niños y niñas y sin radicar la pregunta emergente: ¿por qué sucederá de este modo?
Las lógicas actualesQuizá sí podemos pensar que la inhumanidad asociada a las lógicas del mercado, del consumismo, de las adicciones (a la tevé, al trabajo, al alcohol, es decir, a las lógicas de quedar atrapados por otras cosas ajenas a los sentimientos hacia el otro) intervienen en la construcción de las relaciones vitales y vinculares. Las lógicas están reguladas por lo orgánico brutal, por la necesidad de satisfacerse, si estoy nervioso no me aguanto y pego, si empecé a pegar sigo pegando como el adicto, no puedo detenerme, como no puedo dejar de comprar, es decir, no puedo dejar de.
Ajena a determinismos biológicos facilitadores de cualquier explicación, prefiero pensar en la actual presencia de mecanismos sociales que inhiben la compasión y la solidaridad al mismo tiempo que producen el daño y garantizan la indiferencia moral hacia la víctima. Provenientes de cualquiera de las dos montañas que presionan el horizonte de innumerables niños y niñas. Dinamitar montañas no es ecológicamente recomendable, además también es riesgoso. Con la colaboración de los niños y de las niñas tal vez podamos perforar túneles que permitan atravesarlas, hacia otros paisajes, donde la ficción se torne aliviante y entretenida y lo verosímil sea priorizado por el mundo de las artes.
Por Eva Giberti
Fuente: Boletín Argentino
Cada época y cada tiempo propone y realiza sus propias modalidades históricas: contamos con las caracterizaciones de las diversas épocas según sea su arte, su ciencia, su economía y sus avatares políticos. De lo cual resulta el modo de producción de lo simbólico y los distintos modos de subjetivación que se construyen en cada época.O sea, por una parte las modalidades históricas y por otro, el carácter simbólico que define al sujeto. Ambas enlazadas.¿Qué encontramos como simbólica estructural y estructurante en el principio de la vida? La familia en tanto soporte de la criatura que nace desvalida.El modo de producción de lo simbólico en las familias actuales, cuando se trata de hijos niños y niñas actualiza y perfecciona la capacidad destructiva de los adultos, históricamente reconocidas en los textos que se ocupan de la historia de la niñez. Encontramos una concepción del hijo como criatura destinada a la satisfacción del adulto mediatizada hoy por la aparición de nuevas tecnologías que favorecen la aparición de una simbólica brutal (asesinatos de niños en tevé y otras).
La violencia antigua contra los chicos, omito enunciar épocas y países, se apoyaba en un significativo argumento: proteger a la sociedad de seres peligrosos y en paralelo se alentaba una educación que garantizase la disciplina como soporte de la ley y lo moral, tanto en casas de familia cuanto en las instituciones.
Hoy podemos pensar que el maltrato es mero ataque y búsqueda de satisfacción narcisista. No encontramos argumento como lo había antaño para el goce logrado mediante las violencias, jugando la hipótesis de que los chicos merecían, por sus falencias, ser castigados para aprender.
Actualmente estamos mucho peor porque además de gozar maltratándolos sabemos cuánto importan los malos tratos en la subjetivación. Las violencias contra los chicos, ahora establecidas como parte de la cotidianidad sin argumentos salvadores, nos hablan de quiénes somos.
Se ha comenzado a estudiar, mediante hipótesis nuevas, cómo se compaginan las actuales formas de violencia contra los chicos.
Perspectiva clínica hoySe piensa en un tipo de lógica particular que recién comienza a ser aplicada para comprender estas formas de violencia. Es una perspectiva adosada a los actuales criterios de las lógicas de la inhumanidad ilustrada paradigmáticamente por la trata de niñas, los niños y niñas prostituidos, con frecuencia entregados por sus padres.
Los chicos víctimas de violencias sexuales en sus familias quedan posicionados en una interfase horrorosa: entre precisar de sus padres y por otra parte, si se produce la denuncia, enfrentarse con los jueces ante los cuales deben exponer sus narraciones. Entre dos autoridades máximas, entre dos montañas de poder, las criaturas instalan su propio valle de lágrimas y de silencios.
Este es el punto de inflexión entre la víctima y el victimario. Cuando la niña describe los hechos, por una parte se alivia, pero para los adultos, toda confesión asocia culpa. Por eso contar lo sucedido inevitablemente arrastra un pliegue de culpa en el ámbito del derecho de la víctima. Los chicos se tornan sospechosos porque sus palabras se convierten en denuncias que dejan al descubierto que los adultos son miserables, repugnantes y cobardes.
Cada narración de un niño víctima ilumina un modo de ser de sus padres, el que corresponde a la génesis del espanto que los adultos producen por acción u amenaza.
En los incestos los padres recurren al desconcierto de la víctima, gestado por la confianza que ese adulto despertó en la criatura. Se viola, seducción mediante recurriendo a la relación en estado hipnótico en que se sumerge la niña ante el padre y su estupor por lo que le sucede. Ese estado de inermidad es el que fogonea el deseo adulto ante la víctima subordinada.
Los niños elegidos para el maltrato parecerían mostrarse como incapaces de defenderse. Los adultos frente a esa falta de recurso se alteran (“se brotan”) frente a esos niños, o sea en contra de toda lógica convencional que debería promover su protección. No se piensa en psicosis sino reacción ante la pura situación de desvalimiento.
Avanzan contra el chico tratando de absorber la energía vital, una forma de la vampirización creyendo que poseyéndolo chupan la energía que a ellos les falta. Pero es al revés, la criatura lo contagia de su propia desvitalización cuando no logra escapar.
Las víctimas quedan impávidas, paralizadas, sin poder reaccionar. Los asaltantes violadores generan un estado flojedad creciente en niños y niñas, que no logran gritar, destronada su subjetividad. Una entrega pasiva por parte de la criatura intentando quizás aplacar al otro. Como si la violencia eliminase el sistema óseo de la víctima, la columna vertebral como organizadora del soporte corporal (David Maldavsky, 2007). Son adultos que responden al margen de toda lógica convencional, “sacados”, alterados ante la presencia desvalida.
A estos padres que “se sacan” ante la impavidez del hijo o de la hija ¿podremos entenderlos como descerebrados? Por lo menos fracasarían las funciones corticales. Con esa interpretación retrocedemos a un determinismo biologista.
La interpretación judicialTanto el enceguecimiento activo del adulto ante la inermidad de la víctima cuanto el otro modelo que en diversas circunstancias procede con la meditada decisión de violar y corromper, dependen de la curiosidad, la satisfacción por el abuso de poder y la desnudez del cuerpo infantil. En esos meridianos se crea la escena que con reiterada frecuencia omite la perspectiva judicial al desconocer que entre el cuerpo desnudo y la ley existe un juego de ficciones (Mari, E. 2002). Instituye el cuerpo de la niña o el niño como sujeto jurídico y por lo tanto, sujeto anónimo de la ley, ficcional. Las ficciones no son un error, ni falsedad, ni ilusión, ni mentira, “no están concebidas como objetos concretos en un espacio-tiempo real, no tienen relaciones causales con cosas que sí las tienen y son creadas escribiendo cierto tipo de enunciados de acuerdo con un conjunto dado de convenciones”.
Esas convenciones son las que diseñaron los adultos entre sí y para sí, algunas de las cuales sostienen que los niños y las niñas no son creíbles. Y que los padres siempre aman y protegen a sus hijos.Pero no existe una convención concreta entre los derechos de los niños y los jueces, ni se ha gestado un contrato entre ellos acerca de la verosimilitud de lo que los chicos dicen. Un contrato en el cual una parte se comprometa a creer al mismo tiempo que reconoce la verosimilitud de lo que escucha.
Las palabras con las que el niño cuenta lo sucedido, narrativa de verosimilitud obligada y obligatoria, quedarán capturadas en el nivel de las que Vaihinger denominaba “tierra de las ficciones”.
La inclusión del cuerpo victimizado de la criatura en el circuito del derecho merced a las palabras del mismo niño además de los estudios anatomofisiológicos y psicológicos es el que lo transforma en sujeto de derechos, que será interpelado y mediatizado por la palabra y los dibujos del niño o niña que los colegas presenten.
Determinados magistrados se ciñen a un pensamiento que transforma en error o mentira la palabra de los niños que merced a sus presencia en los juzgados quedan entrampados en una situación ficcional que los aleja de la realidad que han vivido.
Es la inclusión del cuerpo desnudo del niño en el discurso jurídico lo que crea la ficción, inevitable porque es preciso escuchar a la víctima y preguntarle, pero el procedimiento no debería transformar en falsedad la narrativa del niño; solamente lo inscribe en una dimensión ficcional del discurso jurídico que se utiliza a veces como duda y aun certezas respecto de la verosimilitud del relato.
Verosímil no es lo que sucedió, sino el modo de narrarlo por parte de la víctima. La confusión entre categorías conduce a que se torne falso aquello que dice esa criatura a la cual la práctica jurídica convirtió en sujeto ficcional. Su descripción proviene de un niño que por el solo hecho de estar declarando ante un juez es un sujeto de la ficción jurídica. Lo cual pertenece a otra categoría respecto de la verosimilitud de su relato y en relación con lo que padeció.
Lo que le hicieron está inscripto en el cuerpo de la criatura, en su anatomía y en las que fueron sus reacciones iniciales en el momento de la violencia, algunas ahora inexistentes como huella corporal pero bordadas en cada sensación mentalmente preservada.
La verosimilitud de lo que el niño cuenta puede resultar atropellada por la búsqueda de “la verdad”, sin categorizar las diferencias entre lo ficcional del Derecho, lo verosímil de la narración de niños y niñas y sin radicar la pregunta emergente: ¿por qué sucederá de este modo?
Las lógicas actualesQuizá sí podemos pensar que la inhumanidad asociada a las lógicas del mercado, del consumismo, de las adicciones (a la tevé, al trabajo, al alcohol, es decir, a las lógicas de quedar atrapados por otras cosas ajenas a los sentimientos hacia el otro) intervienen en la construcción de las relaciones vitales y vinculares. Las lógicas están reguladas por lo orgánico brutal, por la necesidad de satisfacerse, si estoy nervioso no me aguanto y pego, si empecé a pegar sigo pegando como el adicto, no puedo detenerme, como no puedo dejar de comprar, es decir, no puedo dejar de.
Ajena a determinismos biológicos facilitadores de cualquier explicación, prefiero pensar en la actual presencia de mecanismos sociales que inhiben la compasión y la solidaridad al mismo tiempo que producen el daño y garantizan la indiferencia moral hacia la víctima. Provenientes de cualquiera de las dos montañas que presionan el horizonte de innumerables niños y niñas. Dinamitar montañas no es ecológicamente recomendable, además también es riesgoso. Con la colaboración de los niños y de las niñas tal vez podamos perforar túneles que permitan atravesarlas, hacia otros paisajes, donde la ficción se torne aliviante y entretenida y lo verosímil sea priorizado por el mundo de las artes.
Por Eva Giberti
Fuente: Boletín Argentino
Las trampas legales y el abuso infantil. Un problema que atraviesa a toda la sociedad
Una puerta. Un colegio. Una sala. Un guardapolvo. Un nene. Una nena. Dos, tres, cuatro. Una sala de tres, cuatro, años. Una docente. Un docente. Un sacerdote. Un cuarto oscuro. Un nene, dos, tres que cuentan –una, dos, tres veces– que en ese cuarto oscuro les hicieron cosas –los abusaron sexualmente– que ni sabrían nombrar –a los tres, cuatro años– si no se les hubieran hecho. Un silencio. Un fallo. Un fallo que habla para silenciar.
El 27 de marzo fue absuelto el profesor Fernando Melo Pacheco –acusado de cometer 39 abusos sexuales– en una sentencia que no sólo es polémica sino también emblemática. Ya nadie duda de que los abusos sexuales existen. Sin embargo, pocos saben que cada vez es más difícil defender a los chicos víctimas de esos abusos sexuales. El domingo 19 de noviembre es el día internacional de prevención del abuso sexual infantil y en los Lagos de Palermo la campaña A.S.I NO va a encintar de blanco (a las 16) los lagos de Palermo. Pero el 19 no va a ser una fecha para marcar adelantos, sino retrocesos. Ya que los expertos en diagnosticar y tratar a los chicos abusados están dando un paso atrás en la tarea de proteger a la infancia más vulnerable acosados por las denuncias judiciales en su contra.
A partir de 1983, en la Argentina se empezó a hablar masivamente sobre violencia familiar y abusos. El clamor sobre la necesidad de proteger a los chicos trajo efectos positivos. Pero también desató reacciones. En el año 2000 un grupo de profesionales redactó una carta pública en donde denunciaban que psicólogos y trabajadoras sociales estaban siendo perseguidos por sus actuaciones contra abusadores. Seis años después, los embates no sólo siguen, sino que han logrado, en gran medida, sus objetivos. “En este momento, el contexto no favorece un trabajo serio, responsable y comprometido con la niñez maltratada”, asegura una psicóloga con veinte años de experiencia en abusos que pide reservar su identidad por cargar con tanto currículum como prontuario (que consta de tres causas judiciales que no prosperaron y dos que todavía están en curso). “Tuve que contratar un seguro por mala praxis que, igualmente, no cubre estos casos y pagarle a un abogado para tener una defensa digna en causas ridículas. Pero esta embestida generó que ni yo ni otros colegas hagamos más diagnósticos, ni informes comprometidos, ni peritajes en los que podamos validar situaciones traumáticas vividas por los chicos”, desnuda una situación que no es personal, sino masiva.
Este retroceso se conoce en el mundo entero como backlash y es un fenómeno usual de reacción después de un gran avance. Si los abusos sexuales salieron debajo de la alfombra y eso fue –y es– un paso adelante, el backlash es la etiqueta con que se rotula a la embestida de los que –ahora por encima de la alfombra– barren con los que deben cuidar a los chicos abusados.
El fallo de Mar del Plata es paradigmático de la persecución contra los acusadores de abusos. En la última semana, el Colegio de Psicólogos de Mar del Plata dio lugar a una denuncia contra la psicóloga Ana María Birades (que había atendido a varios de los chicos que denunciaban abusos) y envió su caso al tribunal de disciplina. Por otra parte, la mamá de una de las nenas abusadas (ver recuadro) fue condenada en una causa paralela abierta por una de las docentes del Colegio Nuestra Señora del Camino.
“No alentamos defensas corporativas”, aclara el psicólogo Jorge Garaventa, que quiere dejar en claro que no es que ningún psicólogo pueda actuar erróneamente, sino que la persecución a los profesionales especializados en abuso no es azarosa. “Nos encontramos con fallos, medidas judiciales o interposición de recursos que buscan desalentar denuncias o desanimar participaciones”, subraya. Patricia Gordon es psicóloga, atendió a siete de los chicos abusados –según su diagnóstico– en el Colegio Nuestra Señora del Camino y fue testigo en el juicio realizado en marzo. Ella también delimita el objetivo de la persecución a su colega Birades, que empezó en la Justicia y continuó en un colegio profesional. “Para lograr la absolución de Melo Pacheco había que eliminar pruebas fundamentales como los testimonios de la perito oficial Adriana Vitale y la psicóloga Ana Birades, que eran las profesionales que habían entrevistado a la mayor cantidad de niños cuando se realizaron las primeras denuncias y que habían hallado indicadores de abuso sexual infantil en muchos casos”, remarca. En cambio, la sentencia absolutoria del docente sostuvo la teoría de la co-construcción (que los chicos no dijeron la verdad, sino, lque sus madres y padres les dijeron que digan lo que dijeron). “Si nos remitimos a las pericias y a los informes realizados por las profesionales podemos observar la fidelidad de los relatos de los niños. Por eso, lejos de pensar que estamos ante un caso de mala praxis de las psicólogas, esto es una reacción violenta hacia los profesionales que con dignidad trabajan día a día con estos casos”, sostiene Gordon. Y continúa: “La decisión del Colegio de Psicólogos es una medida injusta que nos deja en una situación de desamparo institucional para hacer pensar a muchos colegas que denunciar estos hechos se paga caro. Es una medida disciplinadora que una vez más nos dice no te metas”. Garaventa enmarca: “De lo que se trata es de la impunidad, pero no de lo que ocurre sencillamente cuando un crimen queda impune sino de cuando la impunidad está claramente al servicio de los efectos que busca producir. Hablamos entonces de la ostentación de la impunidad, para dar un mensaje de desaliento en las víctimas”.
Condena judicial a una mamá que denunció el abuso de su hija
El profesor de Educación Física Fernando Melo Pacheco está acusado de haber abusado de 39 chicos de entre 4 y 5 años en el Colegio Nuestra Señora del Camino, durante el 2002. En el juicio que llevó adelante el Tribunal Oral en lo Criminal Número 1, de Mar del Plata, se consideraron 21 denuncias. En la sentencia dictada el 27 de marzo de este año, Melo Pacheco fue exculpado. María tiene apellido, pero también ganas de preservar la identidad de su hija, y por eso sólo se nombra María. “A los cinco años mi hija fue abusada por Melo Pacheco y el sacerdote de la escuela”, vuelve a denunciar María ante Las/12. Sin embargo, es María la que el 12 de noviembre fue condenada por la Justicia marplatense a dos años de prisión en suspenso por una presunta amenaza de muerte a una docente del colegio. “Ella sabía de los abusos y yo le fui a decir, el 16 de octubre del 2002, que la iba a denunciar a la Justicia. No la amenacé de muerte”, asegura María. “Pero ahora tengo que firmar durante dos años en el Patronato de Liberados como la peor de las delincuentes. El tema es que si me absolvían quedaba demostrado que la docente y la directora de la escuela eran mentirosas y en ellas se basó la sentencia absolutoria de Melo Pacheco. Y todo este juicio es la preparación para absolver al padre Julio Grassi”, advierte María. Que no piensa frenar, a pesar de la condena en su contra. “Para mi hija lo más importante es que yo le creí y que le di y le daré amor y contención. Pero ella también necesita justicia. Y yo no voy a frenar. Por ella”, asegura.
fuente: Página 12
El 27 de marzo fue absuelto el profesor Fernando Melo Pacheco –acusado de cometer 39 abusos sexuales– en una sentencia que no sólo es polémica sino también emblemática. Ya nadie duda de que los abusos sexuales existen. Sin embargo, pocos saben que cada vez es más difícil defender a los chicos víctimas de esos abusos sexuales. El domingo 19 de noviembre es el día internacional de prevención del abuso sexual infantil y en los Lagos de Palermo la campaña A.S.I NO va a encintar de blanco (a las 16) los lagos de Palermo. Pero el 19 no va a ser una fecha para marcar adelantos, sino retrocesos. Ya que los expertos en diagnosticar y tratar a los chicos abusados están dando un paso atrás en la tarea de proteger a la infancia más vulnerable acosados por las denuncias judiciales en su contra.
A partir de 1983, en la Argentina se empezó a hablar masivamente sobre violencia familiar y abusos. El clamor sobre la necesidad de proteger a los chicos trajo efectos positivos. Pero también desató reacciones. En el año 2000 un grupo de profesionales redactó una carta pública en donde denunciaban que psicólogos y trabajadoras sociales estaban siendo perseguidos por sus actuaciones contra abusadores. Seis años después, los embates no sólo siguen, sino que han logrado, en gran medida, sus objetivos. “En este momento, el contexto no favorece un trabajo serio, responsable y comprometido con la niñez maltratada”, asegura una psicóloga con veinte años de experiencia en abusos que pide reservar su identidad por cargar con tanto currículum como prontuario (que consta de tres causas judiciales que no prosperaron y dos que todavía están en curso). “Tuve que contratar un seguro por mala praxis que, igualmente, no cubre estos casos y pagarle a un abogado para tener una defensa digna en causas ridículas. Pero esta embestida generó que ni yo ni otros colegas hagamos más diagnósticos, ni informes comprometidos, ni peritajes en los que podamos validar situaciones traumáticas vividas por los chicos”, desnuda una situación que no es personal, sino masiva.
Este retroceso se conoce en el mundo entero como backlash y es un fenómeno usual de reacción después de un gran avance. Si los abusos sexuales salieron debajo de la alfombra y eso fue –y es– un paso adelante, el backlash es la etiqueta con que se rotula a la embestida de los que –ahora por encima de la alfombra– barren con los que deben cuidar a los chicos abusados.
El fallo de Mar del Plata es paradigmático de la persecución contra los acusadores de abusos. En la última semana, el Colegio de Psicólogos de Mar del Plata dio lugar a una denuncia contra la psicóloga Ana María Birades (que había atendido a varios de los chicos que denunciaban abusos) y envió su caso al tribunal de disciplina. Por otra parte, la mamá de una de las nenas abusadas (ver recuadro) fue condenada en una causa paralela abierta por una de las docentes del Colegio Nuestra Señora del Camino.
“No alentamos defensas corporativas”, aclara el psicólogo Jorge Garaventa, que quiere dejar en claro que no es que ningún psicólogo pueda actuar erróneamente, sino que la persecución a los profesionales especializados en abuso no es azarosa. “Nos encontramos con fallos, medidas judiciales o interposición de recursos que buscan desalentar denuncias o desanimar participaciones”, subraya. Patricia Gordon es psicóloga, atendió a siete de los chicos abusados –según su diagnóstico– en el Colegio Nuestra Señora del Camino y fue testigo en el juicio realizado en marzo. Ella también delimita el objetivo de la persecución a su colega Birades, que empezó en la Justicia y continuó en un colegio profesional. “Para lograr la absolución de Melo Pacheco había que eliminar pruebas fundamentales como los testimonios de la perito oficial Adriana Vitale y la psicóloga Ana Birades, que eran las profesionales que habían entrevistado a la mayor cantidad de niños cuando se realizaron las primeras denuncias y que habían hallado indicadores de abuso sexual infantil en muchos casos”, remarca. En cambio, la sentencia absolutoria del docente sostuvo la teoría de la co-construcción (que los chicos no dijeron la verdad, sino, lque sus madres y padres les dijeron que digan lo que dijeron). “Si nos remitimos a las pericias y a los informes realizados por las profesionales podemos observar la fidelidad de los relatos de los niños. Por eso, lejos de pensar que estamos ante un caso de mala praxis de las psicólogas, esto es una reacción violenta hacia los profesionales que con dignidad trabajan día a día con estos casos”, sostiene Gordon. Y continúa: “La decisión del Colegio de Psicólogos es una medida injusta que nos deja en una situación de desamparo institucional para hacer pensar a muchos colegas que denunciar estos hechos se paga caro. Es una medida disciplinadora que una vez más nos dice no te metas”. Garaventa enmarca: “De lo que se trata es de la impunidad, pero no de lo que ocurre sencillamente cuando un crimen queda impune sino de cuando la impunidad está claramente al servicio de los efectos que busca producir. Hablamos entonces de la ostentación de la impunidad, para dar un mensaje de desaliento en las víctimas”.
Condena judicial a una mamá que denunció el abuso de su hija
El profesor de Educación Física Fernando Melo Pacheco está acusado de haber abusado de 39 chicos de entre 4 y 5 años en el Colegio Nuestra Señora del Camino, durante el 2002. En el juicio que llevó adelante el Tribunal Oral en lo Criminal Número 1, de Mar del Plata, se consideraron 21 denuncias. En la sentencia dictada el 27 de marzo de este año, Melo Pacheco fue exculpado. María tiene apellido, pero también ganas de preservar la identidad de su hija, y por eso sólo se nombra María. “A los cinco años mi hija fue abusada por Melo Pacheco y el sacerdote de la escuela”, vuelve a denunciar María ante Las/12. Sin embargo, es María la que el 12 de noviembre fue condenada por la Justicia marplatense a dos años de prisión en suspenso por una presunta amenaza de muerte a una docente del colegio. “Ella sabía de los abusos y yo le fui a decir, el 16 de octubre del 2002, que la iba a denunciar a la Justicia. No la amenacé de muerte”, asegura María. “Pero ahora tengo que firmar durante dos años en el Patronato de Liberados como la peor de las delincuentes. El tema es que si me absolvían quedaba demostrado que la docente y la directora de la escuela eran mentirosas y en ellas se basó la sentencia absolutoria de Melo Pacheco. Y todo este juicio es la preparación para absolver al padre Julio Grassi”, advierte María. Que no piensa frenar, a pesar de la condena en su contra. “Para mi hija lo más importante es que yo le creí y que le di y le daré amor y contención. Pero ella también necesita justicia. Y yo no voy a frenar. Por ella”, asegura.
fuente: Página 12
Ser madre antes de los 12 años. Un contemporáneo y auténtico drama social.
Fuente: Página 12, Sup. Las 12.
A los 11 años la menstruación viene o está por venir o ya le vino a una compañera de banco y una espera esa marea roja como se espera lo desconocido: con temor, desesperación, pasión, alegría, dolor o expectativa. A los 11 –o 12– años la menstruación divide. Pero no es un ritual de tacos altos o un beso inaugural. No es un rito, es un rastro. A los 11 años aparece la palabra mancha –y ya no por juego–, pero esos 11 años no son iguales para todas las niñas argentinas. Para esperar hay que saber qué se espera. Y para saber –a los 11 años– alguien (de más de 11) tiene que saber explicar que ese cuerpo es decisión y deseo. No manipulación o destino.
Este último mes las noticias se plagaron de títulos con nenas de 11 años que no tendrían que haber dejado –ni dejar– la sala de pediatría y ya están acorraladas en la de obstetricia. Son noticia porque esta vez el capricho de las noticias las sacó del silencio. Pero no son las primeras, ni las únicas. “Está creciendo la cantidad de nenas que se embarazan desde que menstrúan –que puede ser a los 9 años– hasta los 14. La tasa de fecundidad por mil para la franja de 10 a 14 años, en 1960, era de 1,0 por cada mil pre-adolescentes. En cambio, ahora, es de 1,8”, resalta Mabel Bianco, médica y presidenta de la Fundación Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM).
Una de ellas es la niña-nena o gurisa, como acaricia el guaraní el nombre de las chicas, que no esperaba su menstruación: ni esperaba que le viniera, ni que se vaya, ni que volviera. Su mamá tampoco se fijaba en ella, pero habría que ver qué es fijarse en lugares sin baños, sin toallitas volcando sangre azul como en la tele, sin alas, olores, sin información. Su mamá la llevó al hospital San José por vómitos y se enteró de que su hija –de 11 años y apenas 1,30 de estatura para imaginarse la fragilidad de su cuerpo– estaba embarazada de seis meses. Los médicos dijeron que el embarazo es de alto riesgo porque su contextura física (recién ahora pesa 47 kilos y medio) no está preparada para sobrellevar un embarazo y sus huesos no le dan para un parto natural. La internaron y ella, la gurisa, se escapó. Se escapó del hospital San José para volver a jugar en las calles de tierra, como quien quiere escaparse de un destino. Que no tendría por qué serlo.
Los diarios escribieron que fue presuntamente violada –un presunto que no usan cuando tienen que culpar a un presunto ladrón de su presunto delito– como si a los 11 años una nena embarazada tuviera que probar que no fue libre. Pero ella, la gurisa, no sólo no es libre ahora. No lo fue cuando el Estado no le dio educación sexual, esas dos palabras serias que se vuelven crueles cuando callan y palpables cuando la alfabetización debería contar que la menstruación viene todos los meses (y si no viene puede señalar un embarazo), que el cuerpo de una mujer (y niña) es suyo, que nadie puede forzarla, tocarla ni a penetrarla, que si alguien la violenta no se deje amenazar porque el violador es el otro y no –NO– presumiblemente ella, que tiene que contarle a su mamá y a su maestra si alguien la abusó e ir a un hospital a pedir ayuda, que en el hospital le tienen que dar una pastilla para que ese abuso no siga.
No es solamente una niña la que está embarazada. Es un Estado el que calla. Es Argentina la que olvida a sus nenas de 11 años. Las olvida cuando no les habla.
Y las deja, como a ella, en El Pozo, un barrio, olvidado, escondido, como su nombre, como el silencio. “¿Qué es lo que pasa con la desprotección de estas pibas? Una nena de 11 años no está en condiciones de criar a otro chico. ¿Cuándo le van a reparar algo a esta nena?”, se pregunta Irene Intebi, psicóloga, ex coordinadora del Programa de Maltrato Infantil del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y autora del libro Abuso sexual infantil: en las mejores familias.
Pero ella, la niña de 11 años, trajo a las noticias a otra niña de 11 años, también de Corrientes –de la Ciudad de Concepción–, embarazada de siete meses por la violación del marido de la mamá, al que su mamá denunció, y que ahora está detenido. Sin embargo, las dos no son dos. Son muchas. El 0,4 por ciento de los bebés argentinos nace de una mamá menor de 15 años, según cifras del Indec. La cifra descifra que 2945 chicos/as nacieron, en el 2004, hijos de mamás de 14, 13, 12 u 11 años que todavía debieran ser hijas. En el 2005 la cifra de bebés de madres precoces fue 2725. La gravedad de casi 3000 embarazos anuales de niñas madres es clara. Pero más grave de lo que se tiene en cuenta.
Una investigación realizada durante 18 años en 18 países por la Organización Panamericana de la Salud –en la que se estudiaron 854.377 mujeres latinoamericanas, entre ellas 250.000 mujeres argentinas de entre 10 y 24 años que dieron a luz entre 1985 y 2003– remarcó que la mortalidad de la mamá y de su hijo se cuadriplica cuando la mujer tiene menos de 16 años debido a un aumento de hasta el 40 por ciento en el riesgo de desarrollar anemia y sufrir hemorragias e infecciones uterinas después del parto, con respecto a las jóvenes de entre 20 y 24 años. Mientras que en los bebés de las madres menores de 15 años el riesgo de muerte dentro del primer año de vida es un 50 por ciento mayor que en los hijos de mujeres de 20 a 24 años, por la gran cantidad de partos prematuros y bebés nacidos con bajo peso que se registran en esta población.
El embarazo pre-adolescente muestra el desamparo de las desigualdades del interior de la Argentina. Por ejemplo, solamente entre enero y octubre del 2005 en Santa Fe se registraron 307 casos de embarazos en menores de 14 años. Pero además se produjeron 200 casos de embarazos en nenas con menos de 12 –¡12!– años. ¿Hay que escribirlo con signos de exclamación para que se lea? ¿Hay qué leerlo dos veces para que se escuche? Probemos: en menos de un año, en una provincia argentina, hubo 307 chicas –una fila tan larga que podría rodear la Casa Rosada– que se quedaron embarazadas a los 14 años. Pero de esas 307 chicas, 200 –dos cuadras completas o alrededor de 20 divisiones escolares– tenían menos de 12 años.
No son adolescentes, son nenas que, en realidad, tendrían derecho a un aborto no punible, ya que la maternidad pone en riesgo su salud física y psíquica. Bianco destaca: “Si el embarazo ha sido producto de una violación y hay riesgo de salud no hay ninguna duda de que la niña tiene derecho a un aborto legal en un hospital”. Sin embargo, uno de los riesgos para las madres precoces –especialmente en ese interior abismal de la pobreza– es el aborto clandestino. En el 2001 se registró un hito que quedó enmarañado por la telaraña de la crisis. Ese año, 27 adolescentes murieron por mortalidad materna, a causa de su embarazo o parto –que, en la mayoría de los casos, sucedió por un intento de un aborto sin condiciones propicias de seguridad y salud–, pero una de esas muertes fue la de una niña de entre 10 y 14 años, según la Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. Una niña muerta por un aborto clandestino. “En el 2001 fue la primera vez. Pero desde ese momento todos los años hay una o dos muertes. Ya es una constante”, desnuda Bianco, una realidad pasada por alto.
La mayoría de las niñas madres son embarazadas después de un abuso sexual. Si bien puede haber relaciones sexuales consentidas, por imaginarse una edad, desde los 13 años –seguramente cruzadas por presiones y desamparos, pero donde existe algún nivel de autonomía–, a los 11 y 12 años nadie puede hablar de embarazo sin abuso. “Por definición de lo que es una agresión sexual, un embarazo en una nena de 11 años es una violación. No puede haber consentimiento. Mientras que la noticia aparece en algunos medios como ‘niña embarazada’ y no como un abuso o violación. Ni siquiera hay una reflexión sobre cómo quedó embarazada una chica de once años”, subraya sobre el tratamiento mediático de este caso Irene Intebi.
A veces el abuso es explícito y otras, el abuso de poder, aparece más borroso, al menos, para las propias madres precoces. Una ginecóloga de un centro de salud porteño recuerda: “Hace diez años tuvimos el caso de una niña de 13 años que quedó embarazada de su pareja de 39 años, amigo del padre de ella. Aparentemente para la familia funcionaban como una pareja estable. La nena esperaba gemelos con los riesgos biológicos que ello implicaba en un cuerpo aún inmaduro. El caso fue judicializado. Hoy ella tiene 25 años, una nueva pareja y otro hijo y aún se atiende en el centro de salud.”
Pero la realidad de las niñas madres no es inmodificable. Una herramienta fundamental es la educación sexual integral en todo el país que enseñe desde temprana edad a prevenir abusos sexuales (ver recuadro) y a conocer el funcionamiento del cuerpo.
En general, los embarazos se producen a partir de la primera menstruación, aunque hay excepciones en las que puede llegar antes que un sangrado habitual. “Los embarazos que ocurren antes de la menarca son muy poco frecuentes, pero pueden ocurrir porque antes de que la mujer tenga la primera menstruación, por todo el mecanismo hormonal que se pone en marcha en la pubertad, se puede dar lugar a que ocurran ovulaciones aisladas. Y, por lo tanto, si esa niña tiene relaciones sexuales puede llegar a quedar embarazada”, explica Karina Iza, médica ginecóloga del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam) y del Centro de Salud Nº 2 de la ciudad de Buenos Aires.
La nena de 11 años de El Pozo ya está de 30 semanas. “Yo puedo hablar de su estado clínico y clínicamente están bien ella y el bebé”, dijo el director del Hospital San José de Paso de los Libres, Juan Legarreta, a Las 12. “Ella entró en estado de mutismo pero ya responde preguntas. También está inscripta en el Plan Nacer que le manda sopa, leche, cereales y compuestos nutricionales a la casa y ya dice qué quiere comer y qué no.” La nena-niña-gurisa –a los 11 años– pide chuletas. Y le dan. Pide masitas y caramelos. No le dan, o le dan apenas poquitos. No es comida de una mamá, sino de una nena.
Fuente: Página 12, Sup. Las 12
A los 11 años la menstruación viene o está por venir o ya le vino a una compañera de banco y una espera esa marea roja como se espera lo desconocido: con temor, desesperación, pasión, alegría, dolor o expectativa. A los 11 –o 12– años la menstruación divide. Pero no es un ritual de tacos altos o un beso inaugural. No es un rito, es un rastro. A los 11 años aparece la palabra mancha –y ya no por juego–, pero esos 11 años no son iguales para todas las niñas argentinas. Para esperar hay que saber qué se espera. Y para saber –a los 11 años– alguien (de más de 11) tiene que saber explicar que ese cuerpo es decisión y deseo. No manipulación o destino.
Este último mes las noticias se plagaron de títulos con nenas de 11 años que no tendrían que haber dejado –ni dejar– la sala de pediatría y ya están acorraladas en la de obstetricia. Son noticia porque esta vez el capricho de las noticias las sacó del silencio. Pero no son las primeras, ni las únicas. “Está creciendo la cantidad de nenas que se embarazan desde que menstrúan –que puede ser a los 9 años– hasta los 14. La tasa de fecundidad por mil para la franja de 10 a 14 años, en 1960, era de 1,0 por cada mil pre-adolescentes. En cambio, ahora, es de 1,8”, resalta Mabel Bianco, médica y presidenta de la Fundación Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM).
Una de ellas es la niña-nena o gurisa, como acaricia el guaraní el nombre de las chicas, que no esperaba su menstruación: ni esperaba que le viniera, ni que se vaya, ni que volviera. Su mamá tampoco se fijaba en ella, pero habría que ver qué es fijarse en lugares sin baños, sin toallitas volcando sangre azul como en la tele, sin alas, olores, sin información. Su mamá la llevó al hospital San José por vómitos y se enteró de que su hija –de 11 años y apenas 1,30 de estatura para imaginarse la fragilidad de su cuerpo– estaba embarazada de seis meses. Los médicos dijeron que el embarazo es de alto riesgo porque su contextura física (recién ahora pesa 47 kilos y medio) no está preparada para sobrellevar un embarazo y sus huesos no le dan para un parto natural. La internaron y ella, la gurisa, se escapó. Se escapó del hospital San José para volver a jugar en las calles de tierra, como quien quiere escaparse de un destino. Que no tendría por qué serlo.
Los diarios escribieron que fue presuntamente violada –un presunto que no usan cuando tienen que culpar a un presunto ladrón de su presunto delito– como si a los 11 años una nena embarazada tuviera que probar que no fue libre. Pero ella, la gurisa, no sólo no es libre ahora. No lo fue cuando el Estado no le dio educación sexual, esas dos palabras serias que se vuelven crueles cuando callan y palpables cuando la alfabetización debería contar que la menstruación viene todos los meses (y si no viene puede señalar un embarazo), que el cuerpo de una mujer (y niña) es suyo, que nadie puede forzarla, tocarla ni a penetrarla, que si alguien la violenta no se deje amenazar porque el violador es el otro y no –NO– presumiblemente ella, que tiene que contarle a su mamá y a su maestra si alguien la abusó e ir a un hospital a pedir ayuda, que en el hospital le tienen que dar una pastilla para que ese abuso no siga.
No es solamente una niña la que está embarazada. Es un Estado el que calla. Es Argentina la que olvida a sus nenas de 11 años. Las olvida cuando no les habla.
Y las deja, como a ella, en El Pozo, un barrio, olvidado, escondido, como su nombre, como el silencio. “¿Qué es lo que pasa con la desprotección de estas pibas? Una nena de 11 años no está en condiciones de criar a otro chico. ¿Cuándo le van a reparar algo a esta nena?”, se pregunta Irene Intebi, psicóloga, ex coordinadora del Programa de Maltrato Infantil del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y autora del libro Abuso sexual infantil: en las mejores familias.
Pero ella, la niña de 11 años, trajo a las noticias a otra niña de 11 años, también de Corrientes –de la Ciudad de Concepción–, embarazada de siete meses por la violación del marido de la mamá, al que su mamá denunció, y que ahora está detenido. Sin embargo, las dos no son dos. Son muchas. El 0,4 por ciento de los bebés argentinos nace de una mamá menor de 15 años, según cifras del Indec. La cifra descifra que 2945 chicos/as nacieron, en el 2004, hijos de mamás de 14, 13, 12 u 11 años que todavía debieran ser hijas. En el 2005 la cifra de bebés de madres precoces fue 2725. La gravedad de casi 3000 embarazos anuales de niñas madres es clara. Pero más grave de lo que se tiene en cuenta.
Una investigación realizada durante 18 años en 18 países por la Organización Panamericana de la Salud –en la que se estudiaron 854.377 mujeres latinoamericanas, entre ellas 250.000 mujeres argentinas de entre 10 y 24 años que dieron a luz entre 1985 y 2003– remarcó que la mortalidad de la mamá y de su hijo se cuadriplica cuando la mujer tiene menos de 16 años debido a un aumento de hasta el 40 por ciento en el riesgo de desarrollar anemia y sufrir hemorragias e infecciones uterinas después del parto, con respecto a las jóvenes de entre 20 y 24 años. Mientras que en los bebés de las madres menores de 15 años el riesgo de muerte dentro del primer año de vida es un 50 por ciento mayor que en los hijos de mujeres de 20 a 24 años, por la gran cantidad de partos prematuros y bebés nacidos con bajo peso que se registran en esta población.
El embarazo pre-adolescente muestra el desamparo de las desigualdades del interior de la Argentina. Por ejemplo, solamente entre enero y octubre del 2005 en Santa Fe se registraron 307 casos de embarazos en menores de 14 años. Pero además se produjeron 200 casos de embarazos en nenas con menos de 12 –¡12!– años. ¿Hay que escribirlo con signos de exclamación para que se lea? ¿Hay qué leerlo dos veces para que se escuche? Probemos: en menos de un año, en una provincia argentina, hubo 307 chicas –una fila tan larga que podría rodear la Casa Rosada– que se quedaron embarazadas a los 14 años. Pero de esas 307 chicas, 200 –dos cuadras completas o alrededor de 20 divisiones escolares– tenían menos de 12 años.
No son adolescentes, son nenas que, en realidad, tendrían derecho a un aborto no punible, ya que la maternidad pone en riesgo su salud física y psíquica. Bianco destaca: “Si el embarazo ha sido producto de una violación y hay riesgo de salud no hay ninguna duda de que la niña tiene derecho a un aborto legal en un hospital”. Sin embargo, uno de los riesgos para las madres precoces –especialmente en ese interior abismal de la pobreza– es el aborto clandestino. En el 2001 se registró un hito que quedó enmarañado por la telaraña de la crisis. Ese año, 27 adolescentes murieron por mortalidad materna, a causa de su embarazo o parto –que, en la mayoría de los casos, sucedió por un intento de un aborto sin condiciones propicias de seguridad y salud–, pero una de esas muertes fue la de una niña de entre 10 y 14 años, según la Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. Una niña muerta por un aborto clandestino. “En el 2001 fue la primera vez. Pero desde ese momento todos los años hay una o dos muertes. Ya es una constante”, desnuda Bianco, una realidad pasada por alto.
La mayoría de las niñas madres son embarazadas después de un abuso sexual. Si bien puede haber relaciones sexuales consentidas, por imaginarse una edad, desde los 13 años –seguramente cruzadas por presiones y desamparos, pero donde existe algún nivel de autonomía–, a los 11 y 12 años nadie puede hablar de embarazo sin abuso. “Por definición de lo que es una agresión sexual, un embarazo en una nena de 11 años es una violación. No puede haber consentimiento. Mientras que la noticia aparece en algunos medios como ‘niña embarazada’ y no como un abuso o violación. Ni siquiera hay una reflexión sobre cómo quedó embarazada una chica de once años”, subraya sobre el tratamiento mediático de este caso Irene Intebi.
A veces el abuso es explícito y otras, el abuso de poder, aparece más borroso, al menos, para las propias madres precoces. Una ginecóloga de un centro de salud porteño recuerda: “Hace diez años tuvimos el caso de una niña de 13 años que quedó embarazada de su pareja de 39 años, amigo del padre de ella. Aparentemente para la familia funcionaban como una pareja estable. La nena esperaba gemelos con los riesgos biológicos que ello implicaba en un cuerpo aún inmaduro. El caso fue judicializado. Hoy ella tiene 25 años, una nueva pareja y otro hijo y aún se atiende en el centro de salud.”
Pero la realidad de las niñas madres no es inmodificable. Una herramienta fundamental es la educación sexual integral en todo el país que enseñe desde temprana edad a prevenir abusos sexuales (ver recuadro) y a conocer el funcionamiento del cuerpo.
En general, los embarazos se producen a partir de la primera menstruación, aunque hay excepciones en las que puede llegar antes que un sangrado habitual. “Los embarazos que ocurren antes de la menarca son muy poco frecuentes, pero pueden ocurrir porque antes de que la mujer tenga la primera menstruación, por todo el mecanismo hormonal que se pone en marcha en la pubertad, se puede dar lugar a que ocurran ovulaciones aisladas. Y, por lo tanto, si esa niña tiene relaciones sexuales puede llegar a quedar embarazada”, explica Karina Iza, médica ginecóloga del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam) y del Centro de Salud Nº 2 de la ciudad de Buenos Aires.
La nena de 11 años de El Pozo ya está de 30 semanas. “Yo puedo hablar de su estado clínico y clínicamente están bien ella y el bebé”, dijo el director del Hospital San José de Paso de los Libres, Juan Legarreta, a Las 12. “Ella entró en estado de mutismo pero ya responde preguntas. También está inscripta en el Plan Nacer que le manda sopa, leche, cereales y compuestos nutricionales a la casa y ya dice qué quiere comer y qué no.” La nena-niña-gurisa –a los 11 años– pide chuletas. Y le dan. Pide masitas y caramelos. No le dan, o le dan apenas poquitos. No es comida de una mamá, sino de una nena.
Fuente: Página 12, Sup. Las 12
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